Cuando el desastre avisa, pero no lo queremos escuchar: Sobre la gestión de riesgo, el cambio climático y la urgencia de actuar en el contexto del EFEN 2026-2027

Autora: María Carolina Tuanama Alvarez. Investigadora asociada URBES-LAB. Licenciada de Geografía y Medio Ambiente por la Pontifica Universidad Católica del Perú.

Hace aproximadamente tres años, escribí sobre la falta de preparación y las posibles irregularidades en las gestiones estatales para enfrentar las consecuencias del fenómeno de El Niño. Hoy vuelvo a este espacio con una preocupación mucho mayor, porque nos encontramos ante un escenario sumamente impredecible: estamos atravesando uno de los eventos climáticos más críticos registrados en las últimas décadas.

El fenómeno de El Niño 2026-2027 podría convertirse en uno de los más fuertes desde que existen instrumentos de medición modernos. Según los monitoreos del Servicio Nacional de Meteorología e Hidrología del Perú (SENAMHI, 2026), existe una alta probabilidad de que El Niño costero alcance una magnitud extraordinaria entre septiembre y enero de 2027, y se mantenga entre muy fuerte a extraordinario entre febrero y marzo de ese año, según el último reporte actualizado en agosto de 2026. Sin embargo, semanas atrás la misma institución proyectaba el inicio de este evento para octubre, lo que reduce de manera significativa el tiempo disponible para mitigar sus efectos. Estos cambios no son un detalle menor pues evidencian una impredictibilidad en la que cada nuevo escenario proyectado resulta peor que el anterior.

Pero lo que enfrentamos va más allá de un Niño costero cuyos efectos ya se perciben en intervalos de tiempo cada vez más cortos. Nos encontramos, en realidad, en un contexto de Niño global. De acuerdo con la Organización Meteorológica Mundial (WMO, 2026), estamos entrando en un terreno desconocido, donde los modelos de predicción utilizados hasta ahora van quedando obsoletos.

Este evento climático previsto para los próximos meses avanza, además, a un ritmo acelerado, en un contexto en el que se prioriza la productividad y el crecimiento económico enfocado, sobre todo, en el desarrollo de tecnologías de la información y en el aumento del capital de sus inversionistas por encima del bienestar social, del derecho de las personas y del cuidado de sus entornos (Costa, 2026).

Durante años se ha advertido sobre las consecuencias de la sobreexplotación de recursos naturales, una dinámica que persiste dentro de un sistema económico y productivo beneficiado por la falta de regulación, y frente a la cual las alternativas disponibles no han resultado lo suficientemente atractivas como para desplazarlo. Los reportes que dan cuenta de las consecuencias climáticas de estas acciones no han sido tomados con la seriedad necesaria. Esto ocurre, sobre todo, en estados cuyos capitales dependen en mayor medida de dichas dinámicas extractivas, y que son quienes muestran mayor oposición a la implementación de acciones concretas frente al cambio climático. 

Ahora, ¿qué consecuencias podrían traer estos eventos a nuestras ciudades? Tomemos como ejemplo el suceso del 26 de agosto pasado. En la localidad de Timure, distrito de Rasuwa, Nepal, un aluvión arrasó con parte del poblado tras el desprendimiento de un bloque de glaciar de cerca de 1,500 metros sobre un valle angosto, generando un sismo de magnitud 5.2 (CNN, 2026).  La masa de agua, rocas y sedimentos con consistencia similar a la del cemento fresco también arrasó con otros centros poblados cercanos a la frontera entre Nepal y el Tíbet costando la vida de cientos de personas

El Perú no es ajeno a este tipo de eventos: basta recordar el aluvión de Yungay, que sepultó a toda una ciudad. Sin embargo, hay una diferencia que vale la pena resaltar: el aluvión de Yungay fue causado por un sismo que provocó el desprendimiento del hielo, mientras que en Nepal ocurrió al revés, fue el desprendimiento del glaciar el que originó el sismo, lo que nos alerta sobre un tipo de causalidad que recién estamos empezando a comprender y que nos debería alertar.

El último reporte del Instituto Nacional de Investigación en Glaciares y Ecosistemas de Montaña (Gutierrez, 2026) advierte sobre 58 lagunas glaciares con alto riesgo de generar aluviones y/o desbordes como consecuencia del deshielo de los glaciares provocado por el cambio climático. Por ello, el aluvión de Nepal es apenas una muestra de lo que el calentamiento global puede provocar, y en el Perú, son muchos los centros poblados y ciudades que se encuentran en situación de extrema vulnerabilidad.  

Entonces ¿es posible prevenir estos eventos, evitar catástrofes o replanificar a tiempo nuestras ciudades y asentamientos humanos? En un país donde la mayoría de estas lagunas de alto riesgo se concentra en Áncash y Cusco, y donde ciudades como Huaraz y Huancayo están cerca de lagunas como Palcacocha y Lasuntay, respectivamente, la respuesta debería reflejarse en políticas públicas concretas y no quedarse en discursos y promesas.

También hay que tomar en cuenta cómo están diseñadas nuestras ciudades. El concreto y el asfalto las convierten en focos de calor, y en el Perú no existe una priorización real de las áreas verdes más allá de parques vecinales; muy por el contrario, se prioriza la construcción y la expansión urbana sin planificación, muchas veces sobre zonas de alto riesgo o en medio de cauces naturales que deberían mantenerse libres por la inestabilidad del terreno. Esta forma de crecer no solo intensifica los efectos del calentamiento global a nivel local, sino que multiplica la vulnerabilidad de miles de familias frente a estos escenarios.

Muchas de las iniciativas necesarias para revertir esta situación dependen, en última instancia, del poder político, pues ahí radica buena parte del problema. Contamos con autoridades nacionales, regionales y locales que priorizan las cuotas de poder por encima de la gestión del riesgo de desastres, lo que lleva a que la prevención y mitigación se postergue repetidas veces, hasta que el desastre ocurre y ya es demasiado tarde, momento en el cual se opta por culpar a gestiones pasadas.

Entonces, la cuestión no es si estamos ante un evento climático extraordinario, que está más que confirmado, sino si las autoridades en sus distintos niveles de gobierno están dispuestos a actuar con la urgencia que la situación exige, antes de que el próximo desastre nos vuelva a encontrar, otra vez, sin preparación.

BIBLIOGRAFIA

CNN. (26 de agosto 2026). Resumen de las inundaciones repentinas en Nepal y China. CNN en Español. https://cnnespanol.cnn.com/2026/08/26/mundo/live-news/inundaciones-nepal-china-vivo-victimas-trax

Costa, E. (29 de agosto 2026). El eco de la aceleración: nadie espera un tsunami en la montaña. El País. https://elpais.com/clima-y-medio-ambiente/2026-08-29/el-eco-de-la-aceleracion-nadie-espera-un-tsunami-en-la-montana.html

Gutiérrez Mendoza, F. (28 de agosto 2026). Lagunas glaciares: identifican 58 de ellas con alto riesgo de generar desborde y aluviones. Agencia Andina. https://andina.pe/agencia/noticia-lagunas-glaciares-identifican-58-ellas-alto-riesgo-generar-desborde-y-aluviones-1089403.aspx

Servicio Nacional de Meteorología e Hidrología del Perú (SENAMHI). (28 de agosto 2026). Comunicado Oficial ENFEN N.° 15-2026.

https://www.gob.pe/institucion/senamhi/informes-publicaciones/8535460-comunicado-oficial-enfen-n-15-2026 

World Meteorological Organization [WMO]. (3 de septiembre). El Niño set to become very strong, raising risks of extreme weather into 2027. https://wmo.int/news/media-centre/el-nino-set-become-very-strong-raising-risks-of-extreme-weather-2027